#1034


Últimamente se repetía siempre la misma pesadilla. Estaba soñando con el momento en que se despidió de su familia, hacía ya 10 años, en la Tierra. Sólo podía distinguir rasgos difusos de aquellas personas. Sus caras estaban lavadas y emborronadas. Pero sabía perfectamente que aquel era un recuerdo creado por su propia mente, ya que ningún extractor recordaba nada de su vida antes de vivir en aquel planeta-desierto.

En el sueño aparecía la Tierra. Él la veía a través de las ventanas de la nave espacial que ascendía hacia su nuevo destino, el planeta III-064. Veía la Tierra verde, con colores vivos y llamativos, todo lo contrario del planeta-desierto donde estaba destinado a pasar el resto de su existencia, rodeado de paredes metálicas y roca negra como el carbón.

Pues en aquel planeta cometería su función hasta el fin de sus días. Era un extractor, y un extractor debe su vida al gran mineral, el Codelantum, el mineral más preciado de toda la galaxia. Desde su niñez en las escuelas de formación hasta su vejez en las fábricas separadoras de minerales, viviría por y para el gran metal.

En su sueño, a pesar de que su familia no parecía tener ningún rasgo, veía a aquellas personas limpias, exentas de polvo. Tenían, además, la piel clara y sin tostar, al contrario que la piel de todos los habitantes de aquel caluroso planeta, a pesar de que la luz de la estrella madre nunca llegaba a la ciudadela excavada en las entrañas del mismo. Entonces, en el sueño, su supervisor Guntam lo agarraba del brazo y lo metía en un pequeño cubículo de la nave espacial propiedad de CodeRex, la empresa que adoctrinaba a los hijos pares de cada familia con el fin de preservar los recursos y fomentar la riqueza del Gobierno Intergaláctico. Aquella ley era un eslabón clave en la cadena de producción de minerales.

Aquel sueño siempre le producía ansiedad, no entendía cómo pueden separar un niño de apenas 6 años de edad de los brazos de su familia para llevarlo a un inhóspito planeta y obligarlo a trabajar el resto de su vida por unos cuantos Hyus…

Pero aquélla era su vida y no podía hacer nada por remediarlo, negarse a esto podría acarrear problemas, y podría pagarlo incluso con pena de muerte. Pero a su vez, tampoco entendía cómo el resto de sus compañeros podían ser felices trabajando en aquel planeta, bebiendo y acostándose con hembras de otras sub-especies durante toda su existencia. En aquel planeta sin nombre, el 064 de la Constelación III (III-064), el clima era tan árido que no había día que los termómetros no alcanzasen los 26º dentro de los túneles de viento, su lugar de trabajo. En el exterior no podía sobrevivir nadie, salvo los Goyemen, unos seres nativos negros, sin rasgos, con una especie de nube oscura a su alrededor y siempre llenos de bichos inmundos revoloteando en llamas a su alrededor.

Cuando despertó de aquel sueño se vio envuelto en un inmenso dolor que procedía de las palmas de sus manos, todas llenas de llagas y con ampollas del tamaño de una moneda de Hyu. No era la primera vez que le pasaba.

– Ya es la quinta vez en este semestre que te curo estas heridas extractor #1034, deberías de utilizar protección en los túneles, o acabarás siendo comida de carroñero – dijo Eva de forma mecánica, la doctora del sindicato de extractores de apenas veintipocos años de creación – ¿Cómo te sientes?

– Mucho mejor… – a #1034 le ponía nervioso hablar con un códice, a pesar de que la doctora era distinta a los demás de su especie, pues siempre lo recibía con una sonrisa de oreja a oreja y con un tono de amabilidad poco visto en los de su especie – en realidad las llagas me salen mientras duermo… en los túneles siempre utilizo los guantes de trabajo y los monos oficiales de protección.

– Quizás sea estrés… debería frecuentar más los barrios bajos de la gran urbe – dijo Eva, intentando bromear – en su historial no aparecen muchos viajes en el Ignis Metro, los humanos necesitáis esparcimiento para convertiros en extractores de provecho.

A #1034 no le gustaba mucho todo aquello de la gran urbe; pero mucha menos gracia le hacía despertarse con las palmas de las manos doloridas y ensangrentadas. Se dejó inyectar la dosis exacta de CodexAnthum en el brazo, y pagó a Eva por sus servicios. El joven extractor podría haber presentado el prospecto de baja laboral que Eva le había firmado directamente a su supervisor, pero decidió que el sistema de gestión de trabajadores automatizado le hiciese llegar la noticia.

No es que #1034 no quisiera encontrarse con su supervisor Guntar, pero los años habían hecho estragos en su carácter y el joven no quiso llevarse una reprimenda por no utilizar protección en el trabajo. Su supervisor era alguien peculiar, que se caracterizaba por su carácter recio y formal, apreciándose su formación en los campos de entrenamiento militar del planeta Sanctis. Lo más sorprendente de Guntar es que era de los pocos humanos que pertenecían a la gran élite, por lo tanto, no era un trabajador numerado y tenía derecho a residir en las cámaras superiores, unas micro-urbanizaciones gobernadas por códices. Otra característica de su supervisor era su edad; la vida de cualquier humano en aquel planeta no superaría los 60 años, sin embargo Guntar había pertenecido al grupo de colonizadores de III-064… hacía más de 400 años. Era algo asombroso para cualquier humano, terrestre o no, pero nadie se preocupaba por preguntar los motivos de tan larga longevidad.

#1034 decidió hacer caso -en parte- a la doctora y fue directo al Ignis Metro a visitar la gran urbe de aquel hemisferio del planeta-desierto a por suministros. La urbe era el lugar donde los trabajadores de tercer grado, entre ellos los extractores, podían adquirir productos importados de cualquier rincón de la galaxia. Allí intercambiaban Hyus por suministros básicos, pero también podían conseguir alcohol, drogas y realizar actividades que les permitía evadirse de sus trabajos en aquel oscuro planeta. Todo estaba permitido en la gran urbe pero quizás lo más característico es que aquí sólo habitaba una especie, los nonamtum, también llamados los no-nacidos, una sub-especie humana.

La única forma de llegar a la gran urbe era a través del Ignis Metro, construído hacía ya más de 200 años. Debido a la proximidad con la estrella madre de aquel planeta, era inconcebible la vida en la superficie, por lo cual toda arquitectura era excavada bajo tierra, desde las grandes urbes hasta los edificios de trabajo. Para comunicar todas estas infraestructuras, se había creado un sistema de transporte que utilizaba las corrientes de los ríos de lava internos próximos al núcleo del planeta, construyendo enormes vagones reforzados y fundidos en Codelantum, el cual era resistente al magma. El interior de dichos vagones era tosco y antiguo. Un pasillo rodeado de camarotes refrigerados y lacrados en tonos pastel componían el interior de aquel rudimentario sistema de transporte.

Cuando #1034 llegó a la gran urbe, después de un largo viaje plagado de turbulencias, fue avasallado por un miembro del personal del Ignis Metro, que le ofreció información acerca del “nuevo” estado de alerta en la gran urbe:

– Debido al malestar producido por una serie de asesinatos perpetrados a lo largo del semestre, el personal del Ignis Metro le ofrece un servicio de protección gratuito, tan sólo deberá rellenar el siguiente formulario… – al joven extractor le sonaba aquel discurso demasiado monótono, como si el operario se lo conociese de memoria y lo recitase a todo el que pasaba por allí – … por el cual acepta esta herramienta de protección, la cual deberá devolver con su recibo antes de abandonar la Urbe Norte de III-064 en un período máximo de 48 horas.

#1034 firmó el formulario estándar de posesión de armas de mano y aceptó la electropurga que el operario le había ofrecido como protección adicional contra cualquier altercado que pudiese acontecer en su estancia. Aquello era algo que le ponía los pelos como escarpias, pero una vez pasada la compuerta que comunicaba con la gran urbe…

– ¡No olvide que debe utilizar el arma sólo en defensa propia! -dijo el operario a lo lejos- ¡Una utilización indebida puede ocasionar… !

Se cerró la compuerta… ya no existía ley que lo protegiese.