Olimpia


Olimpia era un nonamtum, una sub-especie humana a los cuales se les consideraba androides fallidos. Cuando un clon humano es creado -está terminantemente prohibido considerarlo nacimiento- sus fluidos son analizados en el propio laboratorio de creación, certificando su grado de pureza de Codelantum en sus tejidos, ya que este nivel es inestable.

Entonces aquí se produce una división, aquellos clones recién creados cuyo grado de pureza es superior al 93,45% serán enviados de inmediato a los planetas Tanox, donde se extirparán algunos de sus órganos y tejidos y se reemplazarán por componentes bio-electrónicos, convirtiendo al clon en un androide de élite, también llamado códice. Esta especie superior será instruida desde la adolescencia en las profesiones primarias del saber, como la medicina, el arte de la guerra o la política.

Por el contrario, cuando un clon no alcanza estos niveles de pureza, es llevado a algún planeta-desierto para ejercer una profesión menor, siendo los encargados de servir a sus hermanos los humanos, ya sea mediante la venta de suministros o llevando a cabo labores de mantenimiento. Por ello, los nonamtum son considerados aberraciones de la biociencia por el resto de especies, utilizados para poblar las urbes de planetas y saciar las necesidades de sus trabajadores humanos. Sin embargo, su estatus les permite cierto nivel de libertad, pues desde los albores de la creación de su especie las leyes humanas no tienen potestad en sus urbes, viviendo en una anarquía constante.

El motivo por el cual un nonamtum no podía trabajar en profesiones de tercer grado como el resto de humanos era porque no podían tener contacto directo con el codelantum sin tratar. Un simple roce de cualquier célula de un nonamtum con el gran mineral y éste entraría en un estado de enajenación y excitación tan fuerte que acabaría con su vida.

Olimpia pertenecía a este grupo. Si bien es cierto que, debido a la creación de generaciones y generaciones de clones, prácticamente todos los nonamtum eran iguales -humanoides de piel clara y pelo canoso- Olimpia era distinta, poseía una extraña cicatriz que recorría su columna vertebral, y un tono de piel y cabello cálido, con un pelo anaranjado como el fuego.

También había algo que la diferenciaba del resto de su especie, su inteligencia. Ella no recordaba haber sido asignada a ningún clan de acogida ni a ningún gremio al ser enviada a aquella urbe, así que, desde que tenía uso de razón aprendió a confiar en una única persona, Fénix, su mentor, el cual murió en una revuelta hacía ya más de una década.

Fénix era un refugiado humano como muchos otros. Huyó de su vida junto al resto de su cuadrilla en los túneles de viento, haciéndose pasar por no-nacido hasta la gran Guerra Civil de la Urbe Norte, donde los nonamtum descubrieron que existían humanos viviendo en su territorio y asesinaron uno a uno a esta especie; cobrando ingentes cantidades de hyus por parte del Gobierno Interplanetario.

Antes de esto, Fénix acogió a Olimpia y la enseñó a leer y escribir, otorgando a la chica el don de la curiosidad. También fue él quien le bautizó bajo el nombre de Olimpia, su personaje favorito de la I Revolución Francesa en la Tierra, que anteriormente era conocida bajo el número que llevaba tatuado en su muñeca, N1024. Siempre recordaría las palabras de su mentor mientras agonizaba por el disparo a traición efectuado en su pecho:

– Olimpia, tú eres única… nunca dejes que este horrible mundo que te ha tocado vivir te mate por dentro… Siempre hay motivos para no ser un triste número. Tienes una vida… no… lo… olvides…

Desde la muerte de Fénix, Olimpia había aprendido a valerse por sí misma, robando y manteniéndose alejada del resto de los de su especie, los cuales estaban muy enganchados a aquella nueva droga que recorría las calles de la urbe, el CodexAnthum, un medicamento utilizado para reparar las células afectadas de humanos y Códices y que en manos de contrabandistas y yonquis nonamtum era una potente droga que les volvía violentos y salvajes.

Unos decían que aquella droga era repartida por el Gobierno Interplanetario para tener controlada la población de las urbes; otros, sin embargo, opinaban que las creaba un poderoso clan que hacía contrabando con aquella sustancia. Olimpia supo la verdad gracias a Fénix, y por ello siempre quiso mantenerse alejada de todo aquello.

Pensando en la mediocridad de sus compañeros y tras un largo día de búsqueda de suministros, Olimpia se refugió en su cubículo, un estrecho hueco excavado en las profundidades de una alcantarilla, ocultó las pocas dosis de comida que había encontrado y se echó en su saco a descansar.

Entonces, se repitió aquella pesadilla. Soñó que estaba metida en una especie de recipiente frío y traslúcido, rodeada de una sustancia negra, que le quemaba cada milímetro de su cuerpo. A lo largo de los años, había conseguido reconocer una única frase, procedente de una figura distorsionada femenina:

– ¡Dale una oportunidad!

Entonces ella, tras escuchar estas palabras, se revolvía en aquella sustancia espesa, y notaba otros cuerpos a su alrededor, calientes como la sustancia misma, y una especie de frío agonizante en su corazón que le recorría la cicatriz de su espalda. Si algo se sentía al morir, debía de ser aquella desagradable sensación. Entonces notaba unas manos que intentaban separarla del resto de cuerpos desnudos…

De repente se despertó. Un sudor frío le cubría todo el cuerpo, y la piel que cubría las yemas de sus dedos le ardían de una forma inimaginable. Allí, en el cubículo que ella consideraba su refugio, se encontró cara a cara con una figura envuelta en un mono de CodeRex, intentando quitar los pantalones a la chica.

Ella no gritó, estaba acostumbrada a este tipo de actos por parte de los humanos, que se creían superiores en la gran urbe. Miró a los ojos a aquel hombre y le dedicó la mejor de sus sonrisas.

– ¿Me quieres? ¿Nunca habías visto una chica como yo…? -dijo la chica con voz dulce y sensual.

– ¡Cállate engendro! ¡O te reviento esa bonita sonrisa!

– ¿Quieres calor…?

Olimpia puso sus manos en la cara del atacante y una llama de fuego brotó de sus manos, abrasando y derritiendo el cráneo de su agresor en un terrible sufrimiento que retumbó en todos los túneles del alcantarillado. Olimpia perdió el conocimiento. Como siempre.