Eva

Eva pertenecía a la Facultad de Medicina del planeta Tanox. Era una códice jovial, siempre con una sonrisa de oreja a oreja en el rostro, de cabellos rojos y mejillas sonrojadas. Estaba en su primer año de carrera en Tanox, y desde hacía algún tiempo mantenía una relación bastante cercana con Kylar, otro códice de cuarto que ejercía de tutor con los novatos de primer año.

El planeta Tanox en realidad era una gran nave esférica ambulante. Esto era debido, en parte, a la ordenanza 3790-3-12, que prohibía el acceso a cualquier especie que no fuese un códice en el pequeño planeta artificial, impidiendo el contrabando de sustancias de cualquier tipo.

Sin embargo, a pesar de ser un planeta construído bajo un núcleo de acero y petróleo -con la finalidad de auto abastecerse por sí mismo-, su universidad poseía la más amplia gama de vegetales de toda la Galaxia. Desde árboles bicentenarios, a todo tipo de flora y especies arbóreas. Las paredes de la universidad, construidas en roca en honor a los grandes filósofos de la Tierra en un estilo neo-grecorromano, estaban cubiertas de preciosas enredaderas, todas abrazadas por cientos de flores de miles de colores y cuidadas por los alumnos de biociencias.

El césped de Tanox se decía que era del tacto del terciopelo. De un color verde vivo y atravesado por decenas de canales con estética renacentista cubiertos de plataformas de cristal fluorescente, reflejando el cielo de la bóveda artificial de la gran nave planetaria. Debajo del césped se hallaban los cubículos donde habitaban sus estudiantes a modo de residencias.

Y paseando por uno de esos canales, antes de que Eva entrase a desconectar en su cubículo, Kylar le prometió a la joven códice que sería recomendada para pertenecer a la hermandad Noctis, la única hermandad libre de todo el planeta.

No se lo podía creer, con tan sólo 18 años de creación iba a pertenecer a una de las hermandades más influyentes en toda la galaxia. No era un secreto que sólo los miembros de Noctis podían aspirar a los grandes puestos de las principales constelaciones del sistema interplanetario.  Pero también se decía que eran los miembros de Noctis los que importaban el Prototipo CA-23, una especie de droga muy popular entre los estudiantes de Tanox; pero Eva confiaba en que fuese sólo un bulo.

Sin embargo, habían pasado ya dos meses desde aquella conversación con su tutor, y Eva ya sentía que Kylar simplemente hizo aquel comentario para darse importancia. Pero esa noche, mientras meditaba en aquello, el timbre de su pequeño cubículo subterráneo sonó.

Sabía perfectamente que estaba prohibido habitar el campus durante el apagado del mismo. Así que la chica se levantó de forma cautelosa de su cama, se acercó a la puerta y, cuando tocó el interruptor de la hidrocámara de vigilancia exterior, no había nadie.

El silencio inundó la estancia durante un buen rato, y se repente percibió movimiento bajo sus pies, como una especie de engranaje que hacía vibrar su escaso mobiliario.

A sus espaldas notó cómo descendía la pared metálica trasera de su cubículo. Estaba petrificada, pero a pesar de ello consiguió girar su cabeza y ver el largo túnel que había aparecido detrás del hueco perfectamente circular que se había abierto detrás de ella. El contraste de tonos blancos con los tonos oscuros del túnel hizo que su vista tuviese que acostumbrarse a aquel color que no abundaba en Tanox.

Cuando se iluminó el suelo metálico pudo observar cómo las paredes del túnel eran de cristal y estaban rodeadas de toneladas de agua. Aquello que podía apreciar a través del cristal eran los canales del campus. Al final del túnel, se podía ver a lo lejos una puerta con un símbolo, una araña de seis ojos, el símbolo de la hermandad Noctis.

Las luces de su cubículo se apagaron y notó cómo se cerraron las visagras de la puerta principal de su cubículo, obligándola a seguir una única dirección. Atravesó el largo pasillo descalza, contemplando cómo la luz de las lunas artificiales hacían extraños reflejos en las profundidades del agua. Cuando llegó a la puerta, había una repisa de mármol violeta con una inscripción y una tela rojiza.

“Sólo aquellos que no ven, podrán acceder al poder del legado de Noctis”. Rezaba la inscripción tallada sobre el mármol negro.

Se tapó los ojos con aquella tela, y sintió cómo se abrían las puertas que tenía delante suya. Sintiendo un aliento frío en su rostro.

Alguien le dio la mano y tiró de Eva, que tuvo que seguir a alguien que aceleró el paso hasta llegar a su destino. Notaba un suelo frío con sus pies descalzos, y un aire helado que subía a través de su camisón. Oyó cómo alguien, por encima de ellas, carraspeó con la garganta y se dispuso a hablar:

– Queridas criaturas de la noche, hermanos de Noctis. El día del tributo a Tanox ha llegado – era la voz de Kylar-, y hoy es el día en que nuestras hermanas se sumerjan en las sombras de Noctis. Por favor hermanas, podéis quitaros las vendas.

Eva, junto a sus dos compañeras, se quitaron las vendas. Las tres llevaban camisón, pues les habían pillado por sorpresa aquella noche. Las tres eran chicas de primer año, pero no pertenecían a la misma facultad.

Cuando Eva miró hacia arriba, pudo ver el interior de Noctis. Un lugar sombrío, iluminado por llamas azules y violetas que centelleaban sutilmente en las grandes bóvedas de la hermandad. Y a sus pies mármol, un mármol rojizo y pulido. No era agradable al tacto de sus pies, pues le producía escalofríos.

En lo alto de uno de los muros había una especie de palco, desde el cual hablaba Kylar. Llevaba unos ropajes oscuros, al igual que todos los Códice que desde allí observaban a las androides. Debajo de su capucha Eva observó que los códice no ocultaban sus engranajes internos bajo sus tejidos de humano. Se les veía el interior de su cuerpos, músculos cuyas fibras estaban interconectadas con elementos bio-electrónicos. A pesar de que Eva había estudiado anatomía códice, la imagen le resultó sumamente desagradable.

En la zona inferior de su edificio, donde ella se encontraba, pudo distinguir detrás de unos barrotes en la oscuridad a una treintena de humanos, con pintas de camorristas. Sus ojos estaban levemente iluminados en una tonalidad blanquecina. Eva, que había estudiado sintomatología humana, sabía perfectamente que era una sobredosis de CA-23, y aquello no pintaba bien. Kylar volvió a hablar a través de su cavidad bucal metálica:

– Las leyendas nos confirman. Nuestras sombras llegan hasta los confines de la galaxia, ¡somos los elegidos por Tanox…!

En ese momento, del centro de la sala empezó a surgir una gran estatua tallada en Codelantum, el gran (y escaso) mineral. Mientras la estatua ascendía, las chicas vieron cómo tres códices se acercaban con unas máquinas en forma de X. Las traían levitando, y colocaron aquellos aparatos alrededor de la gran estatua.

Cuando la misma se reveló por completo, todos los presentes observaron que la gran estatua representaba a Tanox, el fundador del planeta, creador de la clonación híbrida y rector del campus durante sus primeros años de fundación.

– … pero nuestro poder conlleva un alto precio. A pesar de nuestra naturaleza superior, pertenecemos a un mundo entregado a la lujuria, al placer carnal y a las drogas que inundan nuestra hermandad -a Kylar se le iluminaron los ojos al decir esto con un semblante oscuro de satisfacción-. Nosotros, Noctis, somos aquellos que dan lo que el mundo desea, a cambio de nuestro poder…

Los humanos eran contrabandistas, Eva lo pudo reconocer por el emblema que llevaban tatuado en sus torsos, y estaban cobrando su parte del contrato. Los códices que trajeron las grandes X, desnudaron a las tres chicas y los barrotes que separaban a aquellos hombres cayeron.

Unos grilletes llegaron volando de forma agresiva y atraparon las extremidades de las chicas. Después, los mismos grilletes las arrastraron levitando a las X, que quedaron sujetas a las mismas por sus extremidades.

Debido a su naturaleza asexual, las códice no entendían lo que estaba pasando; y de los pies de Tanox surgió un brillo dorado espectral, un manantial de CA-23, que los humanos comenzaron a inocularse en jeringuillas mientras violaban, una a una, a las chicas. Era el precio del contrabando.

Bajo el brillo dorado, Eva pudo apreciar una figura humana que no iba desnuda mientras estaba siendo violada, un hombre encapuchado entre aquellos contrabandistas con una máscara de metal adaptada a su rostro. Aquel individuo se acercó al manantial de forma sosegada y tranquila, adquiriendo una dosis de CA-23 y acercándose a Eva de forma tranquila, deleitándose en cada paso que daba.

Apartó de forma brusca al segundo contrabandista que la estaba violando, que cuando cayó al suelo recibió un disparo láser insonorizado de parte del extraño ser encapuchado. De forma mecánica, la máscara se contrajo detrás de la capucha y Eva pudo ver el rostro de aquel hombre, un rostro oscuro y serio. Guardó su arma láser y, acariciando el cuerpo desnudo de la chica, acertó a clavar la dosis de CA-23 en el vientre de Eva.

Fue entonces cuando se produjo un alboroto y los códice de la hermandad saltaron al gran círculo y comenzaron a atacar a aquel hombre, matándolo en el acto. El resto de humanos, tras ver el asesinato y sintiendo que era una trampa por parte de los códice, los asaltaron arrancando sus extremidades descubiertas de protección y se produjo una de las peores revueltas que han existido en la historia de Tanox. Una guerra abierta entre humanos y androides, que no cesó hasta que, después de una gran explosión, los miembros de la milicia interplanetaria irrumpieron en el lugar, masacrando todo ser vivo o creado que hubiese en el edificio.

Tras el alboroto producido por aquella acción, la aguja de CA-23 que el individuo enmascarado inoculó a Eva había rodado hasta los pies de una de las chicas que seguía encadenada. Un militar se fijó en aquello y, en medio de la revuelta, se acercó a la Códice y le disparó tres veces con su dynamo de percusión. Dos en el vientre y una en la cabeza. Eva, al ver aquello, sintió una horrible y extraña sensación, como un latigazo eléctrico que viajó desde su vientre hasta su cerebro a través de su columna vertebral. Ese lagitazo le dejó un nombre en su cabeza:

– “… Guntar…”

Eva cerró los ojos y esperó a que todo aquello acabase.